jueves, 27 de diciembre de 2007

LOS PUEBLOS TIENEN LOS GOBIERNOS QUE SE MERECEN

Fernando Duque Ph.D.

Profesor titular

Universidad de los Lagos

Julio de 2006

En tiempos de crisis, los miembros de una organización tienen al menos dos opciones claramente diferenciadas, una racional y la otra irracional. Las organizaciones razonablemente sanas o sea, aquellas en que la mayoría de sus miembros tienen una cultura pro trabajo, son relativamente productivas y adoptan conductas éticas y orientadas al bien común; tienden a elegir y a seguir a aquel líder que se destaca por su demostrada bondad, inteligencia superior, fortaleza física y el atractivo irresistible de su personalidad. Los miembros de la organización no tienen miedo que dicho líder carismático o mesiánico ponga en peligro los intereses particularistas de cada individuo dentro del grupo. Se produce así un casamiento o congruencia positiva entre el líder y sus seguidores. Dado este peculiar y feliz fenómeno, por lo general la organización logra resolver sus problemas y salir de la grave crisis que ha amenazado su seguridad y sobrevivencia.

Por el contrario, en organizaciones enfermas y en franco proceso de decadencia institucional, el fenómeno es totalmente distinto. Organizaciones decadentes son aquellas que sufren graves síntomas de lo que Víctor Thompson llamó “bUropatologías”. Uno de los aspectos más importantes de este fenómeno, radica en que la mayoría de los miembros de la organización, sufren el llamado “síndrome de corrupción burocrática” esto quiere decir, que la mayoría de sus miembros tienen una cultura hedonista, lúdica o epicúrea y por lo tanto son improductivos y adoptan conductas relativamente corruptas y orientadas a defender sus privilegios particularistas. Estos tipos de individuos, en tiempos de crisis tienden a elegir, como autoridad a individuos mediocres y burocráticos. En otras palabras a directivos que no representan un peligro evidente para sus intereses individualistas egoístas y espurios. En otras palabras, no se elige al mejor. Por el contrario se elige aquel burócrata que da expresas garantías y que promete no tocar los privilegios previamente logrados dentro de la organización. Con un liderazgo de este tipo, la organización no es capaz de corregir su rumbo y termina por dirigirse derecho al precipicio. De este modo, cada uno de los miembros de la organización en decadencia, saltan como borregos uno detrás del otro hacia el despeñadero.

La literatura organizacional ilustra el fenómeno previamente descrito, con una amplia colección de casos emblemáticos.

Por ejemplo un pueblo en crisis, pero relativamente sano, tal como lo fue los Estados Unidos en el siglo pasado, elige a Teodoro Roosevelt al principio del siglo 20, sigue con Wilson antes de la primera guerra mundial y termina con Franklin D. Roosevelt después de la gran crisis del año 29. Por el contrario, el mismo pueblo, pero esta vez en franco proceso de decadencia política elige a George W. Bush a fines del siglo 20. En Europa, las elecciones de Churchill y de Charles de Gaulle, también se dan como ejemplos de pueblos sanos pero en crisis que supieron elegir al líder indicado cuando este era más necesitado.

En nuestro país por desgracia, la combinación o casamiento benigno entre pueblo relativamente sano y líderes de verdad, se dio una sola vez en su historia y este fue el caso extraordinario de la república portaliana entre 1830 y 1860. Posteriormente, sólo los valientes pero trágicos intentos de Balmaceda y Allende se destacan dentro de un uniforme océano de mediocridad y decadencia política.

1 comentario:

Anónimo dijo...

es el unico profe que escribe papers de calidad en la ula...
ojala el resto siga el ejemplo, y que la universidad no caiga en la mediocridad de sus dirigentes...